Bégimo
Un bégimo mora en mi mente. Un hipopótamo de descomunales colmillos; que, sin piedad, mastica y regurgita todo atisbo de razón. Mientras tanto, un leviatán deambula por mi alma, encolerizado, prohibiendo cualquier intento de llanto. Estas dos bestias las habéis creado vosotros. Las alimentasteis entre risas y gozo. Mas... No preguntéis como, pues la repuesta es ya sabida. Este entorno apocalíptico en el que me veo sumido cuando mi mente se distrae y mi alma se despierta es el hábitat natural de mis bestias destructivas, de mi depresiva inmolación espiritual, afirmada de manera categórica, negando esculpir una profunda felicidad. Me he saltado mis pensamientos ya moldeados para llegar a esto, sin saber cómo, ni por qué. Sin embargo, es menester que lo exprese, pues tal vez suponga el sello que abra las puertas que retienen la oscuridad que mora en mi. Me refugiaba en el estrés para acallar sus chirriantes silencios, sin éxito, claro. Estoy sumido en un caos, que es tal, que ni yo comprendo. Tampoco comprenderéis vosotros -y eso que fuisteis el detonante de esto-. Pero, ¿sabéis qué es lo peor de todo? No ser consciente, como vosotros tampoco sois, de la obliteración de mi ser.
Tal vez llegué a esto por el asco que os tengo. Esa hipócrita felicidad que tan bien aparentáis, esa falsa preocupación sobre los demás, que realmente esconde el gozo del saber por saber, para traficar la información -que os interesa- con quien os interesa. Esa chirriante falta de personalidad, que no es mas que una mentira que lanzáis vosotros, y como un bumerán, vuelve y os tragáis, interiorizando las mentiras que componen las capas de vuestra fachada. Me repugnáis y no sabéis cuanto. Sin embargo, que es realmente asquerosa envidia la que siento. Supongo que inconscientemente desconectáis de vuestra personalidad, manteniendo ajeno y lejano vuestra realidad, y con ella, vuestros problemas, males y miedos. Yo, no sé por qué, no logro vuestra hazaña. Tal vez, por eso creo que os envidio, u os odio.
Me creeré egocéntrico y protagonista por ello, y mentiría si pidiera perdón por pecar de soberbia, pues suficiente tengo con aparentar respeto hacia vuestra persona. Mi desprecio -por quien se pregunte- no va expresamente dirigido a nadie, pero sí encontraría personas concretas que serían perfecto objetivo de ello. Empezando por quien me hirió, y terminando por quien permitió la herida. Tal vez no os hable yo sino mi bégimo, quien me hiere el pensamiento. Tal vez no os odie yo, sino el leviatán que contiene mis lágrimas -y no sabéis qué desesperación no poder derramar ni una-. Bestias mórbidas que creasteis. Así que, no me culpéis de vuestra eximida culpa.
¿Y quién entenderá esto?
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