Segundo
Amaba, deseaba con locura el mar.
Lo quería conmigo,
que fuera mío.
Pero, no me lo
podía llevar...
Si lo hacía,
moriría cual río
para volver a ser
mar.
Indómito, libre y
muy suyo.
Al son de la Luna,
reflejando las nubes y las estrellas,
ahogando a los
marineros y enamorando a las doncellas.
A veces calmo
y otras,
el espíritu más
bravo.
Redoble de
lágrimas saladas
para estas almas
cansadas.
Que buscan paz
interior
en un vacío y seco
amor,
romántico pero
trágico.
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