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Sexto.

Sexto
La poesía en prosa, sin métrica,
tan inerte, sin rima y arrítmica,
no es para mí otra cosa
que un invento barato y fácil
para considerar poesía cualquier cosa,
una escritura forzada parece poco ágil.

Y todo porque en nuestro alma
tenemos viviendo un fugitivo,
del terrorífico olvido selectivo,
que nos apunta en la sien con su arma.
Y pedimos calma, calma,
que mi aliento desgarra mis entrañas,
que mis infinitos pensamientos,
son la tela que tejen las arañas.
Y hasta los cimientos
se convierten en humedades,
desde cielo hasta los cimientos.

Y por eso huimos a la poesía,
como el vecino que llama a la policía
porque el de arriba no se calla.
Y lo callamos cortando pensamientos con cizalla,
y pegándolos al tun-tún en un cuaderno,
entre sudores más fríos que el invierno.

En ese cuaderno, en el que escribes,
y que llamas poesía,
es una simple alegoría.
Y crees que ese desahogo es arte, 
versificar pensamientos hasta Marte.
Y para que tú, puedas amarte.
Pero no intentes engañarte,
lo que haces es ensuciarte,
regocijarte
de minucias depresiones
que conviertes en canciones.

Pero no te asustes, todos somos iguales,
iguales de patéticos y miserables.
Que no queremos contar las penas,
pero las contamos entre estratagemas.
Que parezca que no lo he contado,
que has sido tú quien lo ha adivinado.

Pero escribe, escribe,
haz tu misera más tangible,
y que te coma por dentro,

para que sufras lo insufrible.

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